domingo, febrero 20, 2005

Lo que quedó atrás


Siempre tendí a asociar y hasta casi encasillar a las personas en determinadas etapas de mi vida. Así, cada una es generalmente un personaje de un solo capítulo, sin que haya nada que me convenza o me motive a incluirla en el siguiente. Simplemente llegan, dejan su huella, y se van junto con la situación particular que me llevó a conocerlas. Y asumo su partida con la misma naturalidad y resignación con las que acepto que el minuto en el que empecé a escribir estas líneas ya pasó y no volverá.

Y aunque de vez en cuando un buen recuerdo cae como un meteoro perfecto en mi cotidianidad, arrancándome una sonrisa de loco en medio de la calle, no por esto corro a buscar fotografías amarillas, que por cierto desde hace un buen tiempo aprecio más en las galerías que en los álbumes. Es por eso que nunca respondí a las llamadas ni a los mails lacrimógenos de mis ex. Es por eso que cuando supe hace poco de una reunión de la gente de mi colegio, sentí que aparecerme ahí sólo serviría para trastocar una serie de recuerdos de personas con las cuales probablemente no tendría mucho de qué hablar, en un encuentro que más que para “confraternizar” e intercambiar memorias de un tiempo ya consumido, serviría para compararnos entre nosotros y ver a quién le fue mejor o peor.

Y es por eso que cuando recibí hoy un mail de Francisco, un muy buen amigo de mi última chamba, no supe qué hacer. Para mí él es parte de un tiempo que, aunque muy querido, ya pasó, y que dejé atrás el día en que salí con todas mis cosas de mi estresante oficina marfil. Más aún cuando no tengo nada nuevo que contar, cuando la estática es la que domina mis días. Porque sinceramente, lo último que quiero hoy, es tener que ingeniármelas para saber como contestar dignamente una frase tan simple y sincera como: “Habla mi hermano en que andas...”

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